Hechos 8, 5-8. 14-17: Les impusieron las manos
y recibieron el Espíritu Santo.
Salmo Responsorial 65: Las obras del Señor son
admirables. Aleluya.
1Pedro 3, 15-18: Murió en su cuerpo y
resucitó glorificado.
Juan 14, 15-21: Yo le rogaré al Padre y
él les dará otro Paráclito.
Las
promesas de Dios siempre han sido un tema muy interesante y notorio de por
sí. Hoy nos encontramos ante una de las
promesas más esperada tanto para las generaciones cuando se estaba gestando el
Nuevo Testamento como las nuestras en la actualidad. Pero como he mencionado antes si queremos
conocer lo que implica y significa esta promesa (al igual cuando queremos
familiarizarnos con nuestra fe) debemos ir creando un vocabulario propio sobre
tema que nos interesa comprender.
El
origen de nuestro vocabulario cristiano lo tenemos del dos idiomas y estos son
el griego (griego de la Koiné o del pueblo) y del latín. A modo de ejemplo tenemos que la palabra
iglesia proviene de la voz griega ekklēsía vía el latín ecclesia las cuales
significan asamblea o convocación. Por
eso se dice que los bautizados somos la iglesia. El término católica viene del griego también y significa universal. Contrario a los
que muchos dicen esta palabra católica(o)
tiene su connotación bíblica (ver Mc. 16, 15; Mt. 28, 19).
Por
otro lado en el evangelio Jesús nos promete otro Paráklêtos (griego) o
Paráclito (español) el cual formaba parta del lenguaje jurídico. La significación de este término es muy
variada y amplia. Paráclito suele ser
asociado o definido como: abogado defensor, auxiliador, protector, intercesor y
consolador entre otros términos similares.
Podemos
notar que Jesús les dice a sus discípulos que orara al Padre para que Este les
enviara al otro Paráclito. ¿Quién es
entonces el primer paráclito? Pues Jesús
es el primer paráclito. Todos esos
términos usados anteriormente para definir paráclito sin duda alguna hay que
distinguirlos claramente en Jesús. Esto
no lo hacía solo con sus discípulos sino más bien con todo el pueblo.
En
nuestra primera lectura tenemos al diacono Felipe predicando en Samaria. Como nos dice el texto su fama se extendió en
medio de los samaritanos según los signos y milagros que surgían tras su
predicación. Pero aunque Felipe
bautizaba en nombre de Cristo el Espíritu Santo no había descendido sobre los
samaritanos. Por tal motivo los
apóstoles envían a Pedro y a Juan y al imponer las manos quedaron llenos del
Espíritu Santo.
De
la misma forma que el Espíritu Santo fue absolutamente imprescindible para la
fe de la gente en Samaria también lo sigue siendo para nosotros. En este texto tenemos el fundamento bíblico
para el Sacramento de la Confirmación.
¿Mantenemos vivo el ardor y el esplendor de nuestra confirmación al
pasar de los años? ¿Sigue el Espíritu
Santo llevando nuestras vidas con la misma efervescencia y resplandor que
cuando recibimos este sacramento de la Iniciación Cristiana?
En
la segunda lectura San Pedro nos indica que debemos estar prestos a dar razones
de nuestra fe y esperanza. Nos debemos
preguntar ¿sigue siendo Cristo la razón de nuestra fe y nuestra esperanza? Al igual que en los primeros tiempos de la
Iglesia la persecución hacia los que tenemos a Cristo por Maestro sigue
latente. Podemos ver en las noticias y
hasta en la Internet como hoy en día mueren cristianos simplemente porque son
cristianos. ¿Sigue siendo Cristo en los
momentos difíciles y duro la razón de nuestra fe y nuestra esperanza?
Hoy
la liturgia por medio de su Santa Palabra nos ofrece al Espíritu Santo como el
Don de Dios por excelencia. Este don se
nos da a cada uno pero a la misma vez se le da a la comunidad. Cristo nos conserva vivos para el Padre por
la gracia del Espíritu Santo. Ya
llegando al final del Tiempo de Pascua vamos a ver que el protagonista de los
textos bíblicos lo será el Espíritu Santo.
Pidamos al Espíritu Santo que siga llevado nuestras vidas con ardor y
entusiasmo para llegar al Padre. Pidamos
también que su amor siga reinando en nuestras vidas para poder así manifestarlo
hacia los demás.
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